Ultramaratón de los Cañones, el detrás de cámaras en la barranca La Sinforosa, Chihuahua.

El ultramaratón de los cañones 2018 fue sin duda la carrera más retadora y majestuosa que se haya presenciado el año pasado en México. 100 km de distancia, 1,450 m de inclinación positiva, uno de los terrenos más imponentes y una tormenta de granizo que cubrió de blanco a la reina de reinas, la barranca de la Sinforosa, hicieron de este ultramaratón uno inolvidable. Ubicada a 17 km al sur del municipio de Guachochi, situada al suroeste del Estado de Chihuahua a 340 km de la ciudad capital, cientos de personas de todo el mundo apasionados por la montaña, corrieron y recorrieron junto con los Rarámuri o mejor conocidos como “los de los pies ligeros” las barrancas. 

Yo no tenía idea de qué era el ultramaratón de los cañones, sabía claro sobre el trail running pero nunca había dimensionado lo que era correr 100 km en un terreno que poco más de 20 km son de descenso y asenso técnico. El año pasado tuve la oportunidad de ser parte de un equipo de personas maravillosas, apasionadas por el trail, por la montaña y claro apasionados también por contar a través del cine documental la historia de lo que viene sucediendo en estas barrancas desde hace años. Helios Nieto y Rene Gisquet, junto con Salomon Mx, me invitaron al proyecto, un proyecto que no solamente constaba en grabar la carrera sino de poder entender la cultura Rarámuri y el significado de lo que es “correr” como parte de ella. 

Hay dos carreras principales o al menos más populares en este evento, la de 63 km y la de 100 km. La diferencia entre ellas obviamente es el kilometraje, pero la ruta de los 63 km es la ruta total. Aquel que quiere correr los 100 km, llega a la meta junto con los corredores de los 63 km en el centro de Guachochi, regresa hasta el puente colgante que esta a 18.5 km de ahí y de regreso a la meta por el mismo camino. 

La carrera arrancaba el sábado a las 5:00 am. Había muchas cosas que debíamos planear antes de que esto sucediera. Éramos un equipo de aproximadamente diez camarógrafos y teniendo una ruta tan imponente de 63 km totales tuvimos que repartirnos estratégicamente los puntos en los que estaríamos grabando para poder abarcar lo más crucial de la ruta y enaltecer la complejidad de la misma.

Los corredores arrancan en Guachochi y durante 16 km de terreno plano en un camino ancho, calientan sus piernas para entrar al desnivel (la parte más técnica de la barranca) por cumbrecita. Durante 8 km descienden 1,450 m. Al fondo de la barranca el terreno cambia drásticamente dejando atrás el paisaje de pinos y encinos para adentrarse en un terreno más espeso y salvaje. Esto sucede porque a más altura de la barranca el clima es más frío y seco y al fondo de la barranca, más cerca del nivel del mar, el ambiente es más húmedo y cálido. Después de correr durante 4.5 km por el fondo de la Sinforosa estos atletas empiezan a ganar metros. Del km 28 al km 40 empieza el ascenso para salir de la barranca. En el km 30 se topan con las “zetas” que es un camino en zigzag muy definido, cruzando las zetas llegan al paredón (la parte mas expuesta de la ruta), ahí los corredores recorren un camino muy estrecho, dónde de un lado tienen una pared inmensa y del otro lado el vacío. Al final del paredón encuentran la cascada Rosalinda y un espectáculo para los ojos, después de unos kilómetros más llegan al puente colgante dónde el clima empieza a cambiar nuevamente. Siguen subiendo y llegan al último abasto en el mirador cumbres Sinforosa donde los corredores pueden hidratarse y darle uno minutos de tregua a sus piernas. En los abastos es muy común que les den pinole a los corredores, es una bebida hecha a base de maíz y agua, típica de los Raramurís, alta en carbohidratos. Los corredores vuelven a tomar el camino ancho hacia la meta, rodeando el mirador Cuernavaca, corriendo con una vista panorámica de la barranca hasta llegar de regreso a Guachochi y finalmente a la meta.  

Iker Palazuelos y Carlos Gamino de Salomón Mx junto con Helios Nieto arrancaron camino hacia la barranca un día antes, bajaron por cumbrecita, cargando agua, comida, equipo de video y el camping para poder dormir al fondo de la Sinforosa y estar listos para grabar a los primeros corredores el sábado de madrugada. Rene Gisquet y yo nos fuimos el sábado alrededor de las 4:00 am en el sentido contrario a la meta, pasando el mirador cumbres y el puente colgante para poder bajar por la barranca y encontrarnos con los corredores en sentido contrario. Yo me quedaría mucho más arriba que Rene, abarcando poco menos de la mitad de la barranca al puente colgante y Rene la parte más difícil que abarcaba desde el fondo de la Sinforosa en el río, hasta media barranca en ascenso. Los demás camarógrafos estarían repartidos entre, inicio, meta, puente colgante y miradores, dónde el terreno ya no era tan desafiante. Así que días antes nos juntamos para checar el mapa y poder calcular a qué hora los corredores estarían pasando por qué lugares, para así establecer qué tipo de tomas haría cada quien, con qué tipo de equipo debíamos cargar, a qué hora necesitábamos empezar la caminata rumbo a los puntos clave y a qué corredores era importante que grabáramos para propósitos del video. En este caso a todos los miembros de la familia Raramurí “Los Ramírez”. 

Si bien creíamos que el primer corredor estaría llegando al punto donde me tocaba grabar a las 7:00 am, tardó más de tres horas y media y hasta las 10:30 am no tuve compañía en aquel majestuoso lugar. En esa grieta de tiempo de 5:00 am que llegué a 10:30 am que pasó el primer corredor, la obscuridad total me envolvió, una ligera lluvia musicalizó la noche y me refugie en una piedrota que fungía como cueva.

Pasaron un millón de cosas por mi cabeza. Lo afortunada que era por estar en ese lugar en ese momento, haciendo lo que más amaba y rodeada de gente talentosa y apasionada, pensé en las cosas que de verdad importan y simplifique las cosas que de verdad quería.

Junto con el amanecer que pintó de naranja y de rosa la pared de roca sólida que tenía enfrente, se iluminó también mi mente y empezó a andar más de prisa. Sin ningún corredor a la vista, el ambiente se sentía como estar esperando a que llegara un huracán. Cuando vi al primer corredor un golpe de adrenalina recorrió todo mi cuerpo. El primero, el segundo, el tercero y después cada vez más, más y más corredores avivaron la lente de mi cámara. Vi a corredores de todo el mundo, franceses, alemanes, españoles, mexicanos y el placer de ver correr a los Raramurí, hombres y mujeres conquistando la Sinforosa en sus trajes típicos, con sus huaraches o sandalias, dónde realmente sus pies eran los únicos que desgarraron la ruta, colocándolos en las mejores posiciones de la carrera. 

María Lorena Ramírez

El ultramaratón de los cañones es una carrera que se corre en un rango de 9 a 17 horas y después de todo el día de estar corriendo y grabando, terminó mi sesión, aún así la carrera no estaba ni cerca de terminar. Subí hasta el puente colgante y de ahí hasta el mirador cumbres dónde estaba el último abasto de la carrera y mucho público que venía a apoyar a los corredores. Ahí me vi con los demás camarógrafos y fotógrafos y después de un largo descanso pasaron por nosotros para llevarnos al pueblo a comer. Cabe recalcar que eran como las 5:00 pm y los últimos corredores se esperaba llegarían a la meta hasta las 8:00 pm o más. 

Algo inesperado sucedió unas horas después. Se cayó el cielo. Una lluvia torrencial azotó la zona, le siguió una granizada que pensamos nunca acabaría, Guachochi se pintó de blanco y lo que al principio parecía una granizada promedio, pronto formó una capa de hielo que cubrió todo el terreno. La temperatura bajó muchísimo y la luz del día cada vez fue menos. Lorena Ramírez y sus hermanas María Juana y Talina junto con todas las mujeres Raramurí que vestían de falda típica, no tuvieron otra opción mas que correr con unos cuantos kilos extras por el peso de las faldas típicas empapadas, “mojadas hasta las chanclas”, lo cual posicionó al ultramaratón de los cañones en una de las carreras mas difíciles del año. Los corredores que vimos pasar desde la comodidad de la camioneta iban con los labios morados, temblando, preguntándonos que cuantos kilómetros más faltaban para llegar a la meta. Hicimos lo que pudimos para ayudarles, pero la carrera la tenían que completar corriendo, así que un ride ni siquiera pasó por sus mentes. 

Finalmente la carrera terminó, la mayoría de los corredores llegaron a la meta o cerca de ella, los que no llegaron, pasaría la barredora por ellos. La barredora es un equipo de personas que se encarga de ir “limpiando” la ruta de corredores que se lesionaron o que no pudieron completarla excediendo el rango de tiempo esperado, así que por cuestiones se seguridad hay personas que cuidan que nadie se quede por ahí perdido. Entre celebraciones y cansancio de un día muy largo no todos nos habíamos percatado de que Iker, Carlos y Helios no habían regresado. No había señal telefónica en lo absoluto y a la hora y en el punto de reunión donde habían quedado de verse con la persona que los recogería, no había nadie. Esperaron horas a que llegaran y nada. Seguía lloviendo, estaba todo inundado, venían cargando mucho peso entre el equipo de video y el camping y nadie sabía de ellos. La incertidumbre empezó a crecer y después de muchas horas de espera aparecieron, remojados, congelados, enlodados, hambrientos y con una muy buena historia que contar. Después de estar más de dos días internados en la barranca, regresaron sanos y salvos, con el equipo de filmación milagrosamente seco y listo para seguir cocinando más historias que nos pondrían la piel chinita a cualquiera. 

El ultramaratón de los cañones es una carrera que pone a prueba los miedos, que reta física y mentalmente a hombres y mujeres, es una carrera donde se celebra una vida de disciplina, donde se van las palabras y después llegan un millón de ellas para hablar de lo que es, con todas su letras, con toda su fuerza y siempre con toda la humildad de acompañar a maravillosos atletas en su camino por la montaña.